Hemos cruzado el país y medio desierto en 8 días con un Ford Fiesta de 1987, una brújula barata, pan, agua y acompañados de 150 jóvenes cargados de toneladas de material solidario que casi acaban con los amortiguadores traseros de todos.

Una de esas locuras geniales que no se pueden dejar pasar

Amanecimos el primer día a las 5 de la mañana, crónica de una muerte anunciada (dados nuestros horarios de sueño durante esa semana) y emprendimos desde Algeciras de nuevo la marcha. El viaje ya había empezado en noviembre con el diseño de nuestro plan de comunicación para conseguir ayuda, y que culminó con la guinda: el apoyo de Atrápalo. El hecho de ser estudiantes conllevaba ese hándicap de no tener un duro y por tanto hay que empezar por tener un dossier profesional para avanzar con paso firme hacia la consolidación de un presupuesto con el que reventar hasta los topes la Tormenta del Desierto (nuestro coche) de ropa, calzado, material deportivo y escolar.

Pero al grano

Uno conducía, el otro guiaba por las dunas a golpe de roadbook (o al menos lo intentaba}. El objetivo desde el principio era acabar la etapa a ser posible antes de las 22:00, y sobre todo sanos y salvos, incluido el coche. Tuvimos un fallo mínimo en eso de “hasta el coche”, dado que desde el cuarto día arrastramos un goteo constante del depósito de gasolina por una fisura causada por el “modo Racing” de uno de los dos conductores… ejem.

En cualquier caso, no tuvimos ni miedo ni reparo en meter el Forfi en dunas, roderas, peraltes y destrucción. Recorrimos desde Tánger etapas de paisajes magníficos y maniobras divertidísimas hasta llegar al desierto del Erg Chebbi, repartiendo entre tanto el material que llevábamos como si de una foodtruck se tratara. En el campamento de Dinosaur, en el puñetero medio de la nada, esperaban grupos y asociaciones escolares para recoger el grueso de nuestra aportación, en un intercambio cultural de simpatía, euforia e impaciencia ilusionada. Esa fue la parte más impactante… ver en esas personas la necesidad, la angustia real por conseguir un simple bolígrafo o un par de zapatillas usadas.

Un coche y una oportunidad

A eso íbamos y con eso nos encontramos. Un choque. Un choque de emociones fuertes y una oportunidad de conectar, de trabajar en equipo, de esforzarnos, de romper botas empujando coches encallados, de comer arena, de quemarnos los antebrazos, de salir de apuros con originalidad, jabón y pimentón… Una oportunidad de aprender que para encender un coche antiguo hay que poner el starter; y de sobrevivir hincando picos en paté. En definitiva, de regresar a España siendo quizá un poco mejores personas.

UNIRAID ha sido una experiencia absolutamente inolvidable, formativa, deportiva, muy agotadora y recomendable (sólo para estudiantes); y que se hace mucho más llevadera y alcanzable con la ayuda de iniciativas como el Redondeo Solidario de Atrápalo.

¡Muchas gracias a todos los que habéis contribuido a la causa!

Texto y fotos de Javier Biosca y Álvaro Pedrayes. Descubre la aventura completa en su Facebook.

Hemos cruzado el país y medio desierto en 8 días con un Ford Fiesta de 1987, una brújula barata, pan, agua y acompañados de 150 jóvenes cargados de toneladas de material solidario que casi acaban con los amortiguadores traseros de todos.

Una de esas locuras geniales que no se pueden dejar pasar

Amanecimos el primer día a las 5 de la mañana, crónica de una muerte anunciada (dados nuestros horarios de sueño durante esa semana) y emprendimos desde Algeciras de nuevo la marcha. El viaje ya había empezado en noviembre con el diseño de nuestro plan de comunicación para conseguir ayuda, y que culminó con la guinda: el apoyo de Atrápalo. El hecho de ser estudiantes conllevaba ese hándicap de no tener un duro y por tanto hay que empezar por tener un dossier profesional para avanzar con paso firme hacia la consolidación de un presupuesto con el que reventar hasta los topes la Tormenta del Desierto (nuestro coche) de ropa, calzado, material deportivo y escolar.

Pero al grano

Uno conducía, el otro guiaba por las dunas a golpe de roadbook (o al menos lo intentaba}. El objetivo desde el principio era acabar la etapa a ser posible antes de las 22:00, y sobre todo sanos y salvos, incluido el coche. Tuvimos un fallo mínimo en eso de “hasta el coche”, dado que desde el cuarto día arrastramos un goteo constante del depósito de gasolina por una fisura causada por el “modo Racing” de uno de los dos conductores… ejem.

En cualquier caso, no tuvimos ni miedo ni reparo en meter el Forfi en dunas, roderas, peraltes y destrucción. Recorrimos desde Tánger etapas de paisajes magníficos y maniobras divertidísimas hasta llegar al desierto del Erg Chebbi, repartiendo entre tanto el material que llevábamos como si de una foodtruck se tratara. En el campamento de Dinosaur, en el puñetero medio de la nada, esperaban grupos y asociaciones escolares para recoger el grueso de nuestra aportación, en un intercambio cultural de simpatía, euforia e impaciencia ilusionada. Esa fue la parte más impactante… ver en esas personas la necesidad, la angustia real por conseguir un simple bolígrafo o un par de zapatillas usadas.

Un coche y una oportunidad

A eso íbamos y con eso nos encontramos. Un choque. Un choque de emociones fuertes y una oportunidad de conectar, de trabajar en equipo, de esforzarnos, de romper botas empujando coches encallados, de comer arena, de quemarnos los antebrazos, de salir de apuros con originalidad, jabón y pimentón… Una oportunidad de aprender que para encender un coche antiguo hay que poner el starter; y de sobrevivir hincando picos en paté. En definitiva, de regresar a España siendo quizá un poco mejores personas.

UNIRAID ha sido una experiencia absolutamente inolvidable, formativa, deportiva, muy agotadora y recomendable (sólo para estudiantes); y que se hace mucho más llevadera y alcanzable con la ayuda de iniciativas como el Redondeo Solidario de Atrápalo.

¡Muchas gracias a todos los que habéis contribuido a la causa!

Texto y fotos de Javier Biosca y Álvaro Pedrayes. Descubre la aventura completa en su Facebook.