Escuchar el traqueteo a medida que las escenas se suceden tras la ventanilla. Despertarte en una ciudad distinta a la que dejaste la noche anterior. Desayunar mientras sientes que formas parte de una novela que está aún por escribir. Así es viajar en tren.

En estos tiempos frenéticos que vivimos, los aviones son nuestros grandes aliados, especialmente en las escapadas exprés. Sin embargo, volar no es la mejor forma de disfrutar del trayecto, que no deja de ser una parte del viaje. El aeropuerto suele estar lejos del centro de la ciudad, pasar los controles de seguridad es tedioso, la espera se hace eterna, no es raro que haya retraso u overbooking…

viajar en tren

Está claro que si vas a ir de España a San Francisco, coger un avión es la mejor —por no decir la única— opción. Pero nos hemos acostumbrado tanto a los tanques alados que a veces los consideramos por defecto, sin tener en cuenta otros medios de transporte que se pueden adaptar más a nuestras necesidades concretas. Por ejemplo, si vas a desplazarte a un país cercano (o dentro de España) y tienes unos cuantos días. O, incluso, te puedes plantear un viaje realizado íntegramente en tren, donde lo importante no sea tanto llegar rápido a un destino como disfrutar del trayecto y de las diferentes paradas. Deja a un lado las prisas, pega la cara al cristal y déjate llevar.

En peligro de extinción

Por desgracia, cada vez hay menos líneas de tren normales. La alta velocidad va comiendo poco a poco el terreno al resto. Y es una pena, porque ver pasar borrones de color marrón por la ventanilla hace que todo el rollo pierda un poco la gracia. Llegamos antes, está claro, aunque, ¿a qué precio? [Cualquier doble sentido que detectes es pura casualidad].

Pero tenemos trenes para rato. En muchas zonas del mundo siguen siendo uno de los principales medios de transporte. En España tenemos muchas líneas a las que el AVE aún no ha llegado. Por ejemplo, el trayecto Madrid-Santander, o viceversa, es una maravilla. Y no lo digo porque sea yo mitad madrileña mitad santanderina, sino porque es muy curioso ir pasando por los pueblitos que hay a los bordes del camino y observar cómo cambia la estética de estos a la vez que lo hace el paraje que los rodea. El paisaje tras la ventanilla está lleno de postales anónimas que no debes olvidar captar con tu cámara o tu memoria.

Y ya que estás por el norte, aprovecha y pilla un Feve a algún puebluco de la zona. Los cercanías son una buena forma de descubrir los alrededores de tu ciudad. La próxima vez que planees una excursión, aparca el coche y busca paraísos que estén a tiro de vía. La mayoría de las rutas atraviesan parajes naturales preciosos o siguen el trazado de la costa. Puede que hasta, si prestas atención, descubras tu próximo destino a través del cristal.

Rutas históricas

Los trenes forman parte de algunos de los capítulos más apasionantes de nuestra historia real y ficticia. Y es que, ¿quién no ha soñado con subirse al expreso 5972 con rumbo a Hogwarts o con resolver un misterioso asesinato a bordo del Orient Express?

En España se están intentando recuperar episodios de nuestra cultura a través de diferentes trenes turísticos. En estas rutas el destino es importante pero el trayecto lo es más aún, gracias a una ambientación que te hará sentirte parte de la historia. Una de estas rutas está protagonizada por Felipe II y te llevará hasta El Escorial a bordo de un tren guiado por una locomotora del siglo pasado. En el Tren de Cervantes podrás llegar hasta Alcalá de Henares en compañía de los personajes de nuestro autor más internacional, una oportunidad de oro para hacerte un selfie pa’Instagram con Don Quijote y Dulcinea. Si tienes más días, puedes descubrir España a bordo de unos vagones alucinantes que recorren el norte y el sur de la península.

Una de las cosas que me maravilla de esta forma de transporte es que lo tiene todo. Es una especie de hotel rodante donde puedes dormir, comer y divertirte, con el añadido de que cada mañana te despiertas en un sitio nuevo.

Viajar en tren: ¿quién dijo joven?

Uno de los viajes más alucinantes que he hecho fue un Interrail de 22 días en los que visité junto a una amiga 11 ciudades. La paliza fue épica, pero nos dio a hacernos una idea general de Europa y sus contrastes (visitamos desde Disneyland Paris hasta los Balcanes). Eso sí, ahora no se me ocurriría repetir ese plan tan intensivo, ni falta que hace.

Muchas veces asociamos el Interrail a la juventud, pero lo cierto es que lo puedes hacer a cualquier edad —varían los precios— y a cualquier ritmo, desde cinco días a un mes.

Si Europa se queda corta para tu espíritu aventurero, puedes lanzarte y programar una ruta en el Transiberiano. Esta es sin duda una de las experiencias viajeras más auténticas y una de las que más me apetecen, así que cuando compres los billetes no te olvides de pillar el mío. O, al menos, déjame un huequito en la maleta.

La puerta al mundo

Por si todo lo anterior fuera poco, las estaciones suelen ser unos sitios absolutamente preciosos. Llegar a un sitio nuevo en tren es entrar por la puerta grande. Además, nada más bajarte puedes ponerte a pasear por las calles sin necesidad de recorrer varios kilómetros, porque las vías suelen llegar directas hasta el centro de las ciudades.

En España, las estaciones que más me gustan son las de Atocha (en Madrid) y França, en Barcelona.

© Marta Lizcano

Recuerda: si te enfocas en el destino, puedes perderte grandes momentos del viaje. Y quizás, si te relajas y te dejas mecer por el vaivén del tren, descubras que el trayecto merece más la pena que el objetivo final. En los viajes y en la vida.

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Crecí en el norte y viajo buscando el mar. Me encanta el olor de los laboratorios de fotografía y los libros viejos. A veces me pongo digital y escribo en blogs sobre cosas.