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Te demostramos por qué Sant Jordi es en realidad el día del amor

20.04.2017
Soy un gruñón. Asocial. Así, sin paliativos. 364 días al año (365 si es bisiesto). Podría decir que dos cosas me desengruñan (¿existirá este término tan acertado?): el viaje de placer (el placer de alejarme) y el día de Sant Jordi. Sant Jordi me pone de buen humor. Sin remilgos.

Como buen catalán, considero este día tan señalado (¿qué significará?) como el día más patrio del año; día en que la ciudad se viste de rosas rojas y el amor, y las senyeras, todo lo invaden. Las gentes se lanzan a las calles como zombies ávidos de jolgorio popular, de ese olor a papel nuevo, a cierta cursilería y a cultura. En definitiva, si no fuese catalán, consideraría este día motivo de ineludible visita a la tierra de Serrat, Josep Pla y Tamudo. En el día de Sant Jordi muere la susceptibilidad catalana cual dragón alado bajo la espada del Santo Caballero. Es el día de la generosidad universal. En Cataluña. ¿Cómo te quedas? Así se rompen tópicos.

El 23 de abril me encanta levantarme pronto y deshurañarme de buena mañana regalando rosas a diestro y siniestro, adquiridas en las innumerables paradas que enrosecen la ciudad. Las hay de todo tipo y tamaños. Las hay que su adquisición colabora en la lucha solidaria de alguna organización o ayuda a la financiación de viajes universitarios. Y los catalanes nos lanzamos en plancha ya a primera hora a demostrar que ese día el amor está en el aire.


La rosa es un detalle precioso, que viene equilibrado por el presente cultural que es el libro. No en vano (ojo, cuña cultureta) el 23 de abril es el día de conmemoración del fallecimiento de Miguel de Cervantes (22 de abril de 1616) y de Shakespeare (un día después del genio español). Y por ello, y un poco por aquello de seguir al rebaño hoy y sólo hoy bien avenido, tanto lectores habituales como intermitentes, como seres a los que les cojea la pata de una mesa y buscan una calza adecuada, se vienen arriba y celebran juntos el Día de la Cultura (esa que a muchos les es ajena el resto del año…) y compran uno o dos libros (físicos, sin kindle).

En este aspecto, Barcelona se lleva la palma. Nada más bonito que la experiencia de recorrer La Rambla Cataluña, Las Ramblas, Paseo de Gracia y ver las librerías llenas de entes, hoy en su mejor versión, hojeando libros, haciendo cola para conseguir el tan deseado autógrafo del último ídolo literario y poder volver a casa armados con aventuras, ensayos y novelas que harán las delicias de quien afortunadamente los reciba. O de la mesa coja de turno.

Sant Jordi es para disfrutarlo en familia, con amigos, con señores con barba o niñas en bicicleta. Incluso con el vecino plasta o con un Houdini. Es cierto que hay algo de postureo y otro poco de alteración romántica primaveral, pero dejemos que la primavera contribuya como cantaron los Hombres G en su día: “hay un cierto olor a amor en la ciudad”.

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Sant Jordi ha sido Delibes, Umbral y Pérez-Reverte. Y también Risto Mejide, Leopoldo Abadía y hasta los Booktubers tienen su espacio. Todo cabe y monta tanto. En definitiva, en este día los seres majos de todas las galaxias alinean los planetas para que el zopenco se ilustre, el lerdo ligue, el sabio canturree y los seres vivos en forma de humanos sonrían sin esfuerzo, reconociéndose en lo que son pero no reconocen el resto del año: una única especie, unida por un Santo, que tuvo que matar a un dragón y rescatar a una princesa para sacarnos por ese día la bondad innata, la dulzura en forma de rosa y el amor a la lectura.

Sí, Sant Jordi es en realidad el día del amor, el baile del encantamiento bajo el mar donde George McFly besa a Lorraine. El momento en el que todo se para y todo funciona. ¿Por qué no sois así todo el año? Maldita sea.

Siempre creo que me he dejado la llave del gas abierta.

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