Viaja

Sí, existe la vida a bajo cero y es mejor de lo que piensas

Seguro que te has imaginado más de una vez que en el norte de Europa, en cuanto llega el invierno, la gente se cierra en casa a ver pelis bajo una manta mientras se atiborran de té y chocolate caliente. Pero como dicen en el norte, no hay días fríos, sino ropa inadecuada... y la vida no se detiene.

Cuando me mudé a Alemania, pensé que lo peor iba a ser el frío, pero me sorprendió descubrir que mil veces peor es la oscuridad (anochece a las 15:30) y que la vida no se detiene ni a bajo cero. Tarde o temprano al frío te acostumbras y cuando quieres darte cuenta estás corriendo a -6 grados o saliendo a la calle aunque haya el hielo haya convertido las calles en pistas de patinaje. La vida sigue, y tú no te vas a detener por no tener unas medias térmicas o un buen plumas. Es cierto que hasta tienen un término como “gemütlichkeit”, que, aunque se traduce literalmente como comodidad, en realidad es una mezcla de calor de hogar y “estamos tan a gustito”, pero no te engañes: por muy tentador que sea hibernar, en el norte hay muchos alicientes para salir de casa. Hasta el carnaval de Colonia se celebra en noviembre. ¿Alguien dijo miedo al frío?

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La Navidad empieza en noviembre

Aquí no hay Reyes Magos, así que la Navidad se inaugura oficialmente en noviembre: calendarios de adviento con una chocolatina por día, quedadas con amigos y familias para hacer galletitas en cantidades industriales y lo más conocido; mercadillos de Navidad. A diferencia de lo que sucede en el sur de Europa, aquí a los mercadillos no se va a comprar figuras navideñas: sí, las puedes comprar, pero aquí se va a beber “glühwein”, un vino caliente con especias que con la excusa del frío te bebes sin sentirlo hasta que vuelves rodando a casa. A finales de noviembre comienza oficialmente la temporada de “glühwein” y con ella una estampa típica: decenas de adultos abrigados hasta las orejas bebiendo vino en torno a una mesa a la intemperie. Hay mercadillos para todos los gustos (hasta veganos, antinavideños y japoneses), pero los que triunfan son los que tienen lugar junto a palacios o en plazas históricas porque sirven para matar dos pájaros de un tiro: “marco incomparable” y “glühwein”. Os aseguro que desde que vivo en el norte, odio la Navidad un poco menos.

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Los mejores festivales se celebran en invierno

A diferencia de lo que sucede en España, aquí los mejores festivales se celebran a puerta cerrada y cuando el mercurio no sube de cero grados: hay que currárselo para que la gente salga de casa, y vaya si se lo curran. El Sónar se lo ha aprendido también que ahora hasta tiene edición de invierno en Reykjavik (Islandia) en pleno mes de febrero. Si no te apetece salir del continente, Berlín acoge dos importantes citas culturales en febrero: durante la Berlinale es posible ver películas desde la hora del desayuno hasta la cena y el  festival CTM se convierte durante una semana en la mejor plataforma para la música de vanguardia.

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Si tus gustos son más clásicos tienes una cita con la Filarmónica del Elba en Hamburgo: tras años de espera, se ha inaugurado por todo lo alto con una instalación de Brian Eno.  Sin salir de Alemania, Berlín tiene teatros y salas de conciertos para aburrir: la Filarmónica es posiblemente la sala más conocida para disfrutar de música clásica, pero la  Konzerthaus no le va a la zaga en calidad con el añadido de que es mucho más fácil conseguir entradas incluso para el concierto de Año Nuevo. Si lo tuyo es la ópera, no tienes uno, sino dos teatros: la Deutsche  y la Komische Oper.

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Los museos son tus amigos

Cuando es noche cerrada a las 16, meterse en un museo es una buena opción. Con el otoño llegan también algunas de las mejores exposiciones y bienales de arte. La Gemäldegalerie berlinesa exhibe estos días la obra de El Bosco, el museo de arte contemporáneo de Copenhague acoge muestras de Bruce Nauman y Yoko Ono, y hasta el 29 de diciembre, la capital islandesa es la sede de la exposición de realidad virtual Björk Digital. Luego están las exposiciones permanentes, como la de ABBA en el museo consagrado al grupo en Estocolmo o el Museo Van Gogh en Ámsterdam.

“Life is a cabaret”

No me canso de decir que en Berlín se recicla todo: hasta los espacios. Aún quedan salas de los años 20 en uso: el escenario del antiguo cine Delphi ahora da cabida a conciertos, obras de teatro y proyecciones de cine clásico, y otra de las salas míticas de la ciudad, el Clärchens Ballhaus, ha vuelto a renacer como salón de baile. Con el swing convertido en hobby de moda, aquí puedes acudir a clase y acto seguido poner en práctica lo aprendido sobre el antiguo parqué de la sala. ¿Que el swing no es lo tuyo? También hay noches consagradas al tango, a la salsa y a la música disco. La ventaja es que no necesitas apuntarte a un curso completo: puedes dejarte caer un solo día.

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Si lo que buscas es revivir la vida de los cabarets y esa atmósfera que inmortalizó Christopher Isherwood en “Adiós a Berlín”, estás de enhorabuena: cada vez son más los espectáculos que recrean la atmósfera de los años 20. El público se lo toma tan en serio que se viste de gala para la ocasión y es posible cruzarse con “flappers” y “dandies” en sitios como el Ballhaus, construido en 1905 y con una decoración que apenas ha cambiado en décadas. Sobre su escenario es posible disfrutar  del Kabarett der Namenlosen, que suele colgar el cartel de “no hay entradas” y que regresa a la sala el próximo mes de febrero. Si no puedes esperar, Boheme Savage organiza espectáculos de cabaret casi todo el año, incluyendo una fiesta de nochevieja en la sala Wintergarten, bautizada así en homenaje a una de las salas de fiesta más famosas de la república de Weimar (la original fue pasto de las bombas).

A remojo

En el norte tienen una afición que  jamás entenderé: encerrarse a sudar entre cuatro paredes. No hablo de clubs, sino de las omnipresentes saunas. En el mar del Norte las hay incluso a pie de playa, para que puedas ir corriendo de la sauna a las gélidas aguas del mar… porque ésa es otra, en muchas ciudades dan la bienvenida al año nuevo dándose un baño en lagos y playas, independientemente de la temperatura. Pero como ese ritual parece restringido a unos cuantos inconscientes, la mayoría prefiere refugiarse entre vapores.

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La opción más convencional es la piscina, pero una vez más, nos topamos con una enorme diferencia: allí no se va a nadar, sino a ponerse en remojo, así que en vez de modernas instalaciones con distintas calles, aquí triunfan las piscinas decimonónicas con sus columnas, sus ventanales y sus mosaicos. La de Neukölln y la recién reabierta de Oderberger, ambas en Berlín, son dignas de verse.

Si pese a todo has decidido suscribir esa máxima según la cual no hay días fríos sino ropa inapropiada siempre puedes ir a visitar cuevas glaciares en Islandia y Noruega (y de paso tratar de cazar una aurora boreal),  ver alces en el parque sueco de Slottskogen o hacer senderismo por la ruta de los 66 lagos de Berlín: por muy tentador que suene, quedarse en casa bajo la manta no es tu única opción.

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