Viaja

Shanghai: Ir. Jurar no volver jamás. Repetir una y otra vez

Yo no tomo fotos. Ni de un plato de comida para Instagram ni de mis pies en la arena de una playa con velero al fondo. Ante esta sociopatía que hace que me plantee mi propia existencia y mi pertenencia a la especie humana, he decidido enfrentarme a mí mismo y lanzarme al abismo de mi carencia fotográfica por un lugar lo más fotogénico posible: la China mandarina.

Cuando aterrizas en Shanghai ya desde el primer momento las sensaciones van y vienen: se abre la puerta automática tras recoger el equipaje y un millón de chinos se agolpan a la entrada para esperar a sus seres. ¿Queridos? Nunca lo sabrás. Aun así, te sientes como Los Beatles en sus primeros días de The Cavern: solo.

Pudiendo tomar el tren, lo de ir en taxi hasta el centro de la ciudad es apasionante: una legión de Volkswagen Jetta, todos iguales, te esperan a la salida para que el conductor no sepa a dónde llevarte por unas autopistas de 28 carriles en las que motoristas llenos de fardos van en contradirección para hacer de tu recorrido una auténtica prueba de supervivencia extrema.

Una foto publicada por Michael Chase (@michaelchase971) el

En cuanto te acercas a la ciudad, el sky line imponente se alza al otro lado del río y tu corazón arde en deseos de fundirse con esa mágica luz que todo lo invadiría si no fuera por la espesa niebla de polución que cubre la atmósfera. Es entonces cuando comprendes que la taquicardia no es emoción, sino una intoxicación que el Ventolín aliviará en cuanto puedas acceder a tu maleta que, “¡oh, no!”, estará en el maletero de ese taxi por una hora más. Finalmente te fundes con la luz de los neones. Shanghai es increíble, gigantesca, única. “Nos comen”, dice todo el mundo. Con palillos, añado yo.

  Una foto publicada por MARK HARRISON Shanghai (@markharrison4) el

Primero tienes que elegir a qué lado del río Huangpu te ubicas, y una vez instalado ya estás preparado para explorar un entorno hostil y desconocido, en el que los coches se convierten en bólidos asesinos que te avisan civilizadamente mediante ráfagas de luces de que no van a parar. Nunca. Asia es, en sí misma, un deporte de riesgo para el peatón.

Paso 1: Ir al Yuyuan Bazaar. Paso 2: Perderte

Si has sobrevivido, lo primero es ver el Yuyuan Bazaar y perderte (literalmente) por el Yu Garden. El camino hacia lo que llaman Old Town está lleno de calles estrechas y vendedores callejeros que te acechan como pequeños saltamontes para colocarte camisetas de todo tipo mientras te piden que te pruebes unas New Balance con la N al revés. Poco a poco te sientes transportado a un mundo diferente, en el que las construcciones, la cultura y las tradiciones te son totalmente ajenas. No te sacan de esta absorción ni el tipo que come arroz con la mano sentado en un lavabo público, ni los doscientos chinos que a tu alrededor escupen con entusiasmo ruidoso dentro de las papeleras, ni mucho menos las seis millones de bicicletas y sus timbres ocupadas por tres personas y cargando varios fardos sobre ellas que circulan sin peligro (para ellos) a tu alrededor.

Una foto publicada por Giannetti (@mellygiannetti) el

Cuando llegas a los alrededores del Yuyuan Bazaar, con sus pagodas convertidas en comercios  para turistas, tienes la sensación de estar en Disney World versión Dinastía Ming, pero como uno no es nadie para juzgar a nadie, llegas a la conclusión de que la reconversión de esa parte del Jardín Yu o Yuyuan a esa suerte de parque temático es para que el turista (o sea, tú) se sienta reconfortado y pueda explicar que ha visto la tradición en conserva. Una vez superados el asma y la lluvia ácida, llegas al Yu Garden. Un parque precioso muy antiguo (dicen que data de 1.559) que realmente merece la pena visitar. Prometo enviaros fotos (las googlearé y os las paso).

Copy Market, el metro y el regateo

De ahí, es obligatorio ir a ver el Copy Market (también llamado – quién sabe por qué – Fake Market). Es un centro comercial en Nanyin Road al que llegas mejor en metro que en taxi (así no tienes que preguntar a quien no sabrá indicarte el camino). Lo del metro también está bien. Es un buen invento. Funciona a la perfección. Y realmente está saturado de señores y señoras que empujan y empujan con verdaderas ganas para que quepamos todos. Es un suplicio que hay que disfrutar una vez en la vida por lo menos. Pero, ah amigos, el trayecto vale la pena. En el copy market hay de todo. Hay hasta una entidad bancaria que te facilita cambio. Y tienes de todo de todas las marcas, pero lo bueno, bueno (o sea, lo malo que parece más bueno que lo malo que está expuesto, que se parece poco a lo bueno que imita) está “dentro”.

Una foto publicada por Bianca Toeps (@biancatoeps) el

“Dentro” es el falso fondo de las tiendas, las paredes movedizas a donde te arrastran en cuanto empiezas a regatear. Regatear en el Fake Market es convertirte en Raphael, y alejarte indignado para luego volver braceando para, mientras te muerdes los carrillos y miras al cielo, teclear en la calculadora del vendedor el precio que pagarías. Si tienes arte haciendo eso, te puedes llevar algo de calidad mala pero que se asemeja mucho a la calidad buena. Yo me fui con las manos vacías. Compré cosas típicas horribles que hoy crían polvo en el fondo de los armarios de mis allegados.

Pasado el desgaste regateador, lo mejor es ir a comer

Hay vendedores ambulantes con sus bichillos y demás cosas que harán las delicias de los mochileros; tienes restaurantes donde comer auténtica comida china sin sofisticación alguna, en los que probar la aleta de tiburón (un asco) y demás exquisiteces (no existe el rollito de primavera) o la opción de los sibaritas y comemundos: un restaurante como Dios manda.

Una foto publicada por Dennis Nakamura (@dennisnaka) el

Mi recomendación inicial es conocer el mundo de El Willy y todo lo que el tal Willy ha creado a su alrededor (restaurantes cool, tapas, pintxos, bar de cóctel…): un universo genial de un barcelonés afincado en Shanghai apto para todos los bolsillos (el que lleve bolsillos, claro, que el Shanghai-style es ir en pijama). Pero además, hay muchísimos restaurantes con vistas a la ciudad y a su sky line (todo tiene vistas al sky line. Las mismas. Todas.) Si alguno te puede marcar a fuego en el paladar un recuerdo de Shanghai es el espectacular Dadong y su alto precio, el buen servicio, la elegancia, los gin-tonics, el vino internacional (o sea, español) y un pato pekín que es seguramente lo más bueno que he probado nunca. Cuenta además con una carta de postres originales en los que las fresas reposan en el hielo o una bomba de chocolate explota (literalmente) en tu plato para coronar un final exquisito. En fin, que pese a lo que puede parecer, en Shanghai hay más que comida china tradicional al gusto de valientes occidentales.

Una foto publicada por Knottygirl247 (@knottygirl247) el

Crucero por Huangpu y bares de moda

Suelen ser barcos feos, de muchas luces que contrastan con los mercantes que van con una sola luz, roja, pequeña, de los que te cruzas cual cocodrilo en el Amazonas (¿hay cocodrilos en el Amazonas?). Ahí puedes probar un vino blanco horrible (el tinto está, además de malo, calentorro) y disfrutar, por fin, de una visión del sky line totalmente diferente: el contrapicado. La espectacular vista desde abajo de ese montón de edificios con luces ofrece un hermoso contraste a la visión de las aguas (marrones, muy marrones) del Huangpu.

Una foto publicada por Andrea Loh (@leyandrea13) el

La llegada a tierra es como aquella de Gene Kelly en un americano en París: psicodélica. Y qué mejor que mantener esa psicodelia musical con la parada de rigor en los bares de moda, de los que me quedo con The Apartment y The House of Blues and Jazz. En los dos hay música en directo, buen ambiente y ganas de pasarlo bien. En estos sitios te mezclas con guiris para los chinos, guiris para ti, y chinos de China, lo que hace que tu garbeo se complete con un final digno de Casablanca.

Yo no tomo fotos. Y en ocasiones como ésta, sin duda, el no tomarlas es terrible. Pero mi desbordante memoria para los datos absurdos me sirve para recordar todos los detalles que convierten el viaje a Shanghai en algo, nos guste o no, irrepetible.

Juré que no volvería y ya he ido tres veces.

Siempre creo que me he dejado la llave del gas abierta.

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