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¡Qué buenos propósitos! (si durasen más de 24 horas)

Minimal work space - Creative flat lay photo of workspace desk. Office desk wooden table background with open mock up notebooks and pens and plant. Top view with copy space, flat lay photography.

Si el extraterrestre y compañero de Gurb, el narrador de la célebre novela de Eduardo Mendoza, aterrizase durante estas fechas en cualquier ciudad española, no saldría de su asombro. Fliparía con nuestra dieta basada en langostinos y bogavantes y de cómo esos trozos de carne débil y enclenque son capaces de ingerir tales cantidades de ácido úrico. Aún siendo este un mundo hostil, en esta época parecemos hasta felices. Nos alegramos de ver a nuestros primos de Sagunto, nos volvemos generosos y altruistas, cantamos juntos villancicos…

Pero creo que lo que más le sorprendería es nuestra tradición de querer evolucionar como especie. Será a partir de las 00:00 horas de la noche de hoy, cuando el ser humano, en perfecta armonía y al unísono, de un salto evolutivo a través de sus “propósitos de fin de año”.  

No dejo de pensar qué ocurriría si realmente cumpliésemos nuestros propósitos cada fin de año. Desde luego viviríamos en un mundo mejor. El 90 % de la población sería deportista de élite, habría escrito cuatro o cinco betsellers, viajado más que Willy Fog y todas las tabacaleras estarían en bancarrota. Parece que el 31 nos sumergimos en una quimera de felicidad y afán de superación que, no nos engañemos, dura menos 24 horas.

Dejar de beber 

Entramos en una edad conscientes de la importancia de preservar la salud, y dejar de beber es uno de los caminos. Pero nos comemos las uvas y… ¿qué es lo primero que hacemos? Brindar. Y luego brindamos una segunda vez porque faltaba el suegro. Una tercera vez porque faltaba la cuñada. Una cuarta vez donde no estás seguro que falte nadie pero por si acaso y ya seguimos brindando hasta que se hace de día y te ponen delante un chocolate caliente y te lo tomas del trago, ya por costumbre. Primer propósito incumplido.

Independizarnos de nuestros padres 

Aproximadamente un 70 % de los jóvenes entre 24 y 35 años aún viven —vivís, yo vivo en una cueva— con sus padres. Vale que esta cifra me la acabo de inventar, pero seguro que por ahí andan los tiros. No es raro que uno de nuestros propósitos más frecuentados sea independizarnos de ellos. Pero independizarnos de verdad. Aprender a cocinar, lavarte la ropa… Vivir en el mismo edificio y que te hagan los tuppers y la colada no cuenta.

Lamentablemente este propósito nos dura poco. Porque queremos salir de traje y a la hora de ponernos esa corbata que nos ha regalado algún pariente lejano —que nos quiere más bien poco— empieza el problema con el nudo. ¿Y ya sabes a quién acudes no? Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Ponernos en forma 

Es el propósito por excelencia. Algo que llevas años prometiéndote. Desde los 17 que tus abdominales están en paradero desconocido. Te dices a ti mismo que esta vez es la definitiva. El año pasado ya te apuntaste al gimnasio y lo único que has visto de él es la cuota. Ahora solo falta que vayas.

Inevitablemente, ponerte en forma pasa también por hacer régimen. Después del 31 empiezas, te dices. Pero después de beber el chocolate caliente como si fuera un shot de Martini todavía tienes hambre para un kebab. Y llegas a casa y hay un montón de sobras de anoche­ —incluido tu suegro, que está echándose una cabezadita junto a los langostinos— y coges un par de turrones por si acaso en la cama te entra un poco de hambre. Otro propósito incumplido.

Conocer lugares nuevos 

Te prometes a ti mismo que este año visitarás lugares nuevos. Que dejarás de ir a la taberna. Crees que es hora de ver esas paradisiacas playas en persona. Sabes que hay vida más allá de tu antro de confianza, donde lo más exótico que has visto es a dos abuelos alemanes preguntando por dónde sigue el Camino de Santiago. Pero luego lo primero que haces nada más levantarte el día 1 es llamar a tus colegas y reuniros en vuestro antro de confianza. Alguien tendrá que explicarte cómo llegó esa gigante M de un Mcdonald’s a tu cuarto (historia personal verídica). Pides unas cañas y…  la rueda vuelve a girar.

Créditos: License CC0

Encontrar una pareja 

Este 2018 decides poner fin al páramo deshabitado y post apocalíptico en el que se han convertido tus relaciones amorosas. Y qué mejor noche para empezar a hacerlo que este fin de año con el impecable nudo en la corbata que te ha hecho tu madre. Quieres empezar bien el año, pero bien pensado no es un buen día para intentarlo. Tu sensualidad es nula.  A la quinta copa ya bailas con la corbata en la cabeza, con tu arritmia habitual y con una mano cadenciosa cortando el aire como si fuera mortadela. Como era de esperar, vuelves a casa solo. Quizá sería mejor que empezaras primero por hacer alguna clase de baile.

Nota: Si realmente quieres apuntarte a clases de baile sobre todo procura no ponerlo en tu lista de propósitos, porque como bien acabo de demostrar, es la forma más rápida y segura de fallar estrepitosamente. ¡Nos vemos el año que viene!

Si el extraterrestre y compañero de Gurb, el narrador de la célebre novela de Eduardo Mendoza, aterrizase durante estas fechas en cualquier ciudad española, no saldría de su asombro. Fliparía con nuestra dieta basada en langostinos y bogavantes y de cómo esos trozos de carne débil y enclenque son capaces de ingerir tales cantidades de ácido úrico. Aún siendo este un mundo hostil, en esta época parecemos hasta felices. Nos alegramos de ver a nuestros primos de Sagunto, nos volvemos generosos y altruistas, cantamos juntos villancicos…

Pero creo que lo que más le sorprendería es nuestra tradición de querer evolucionar como especie. Será a partir de las 00:00 horas de la noche de hoy, cuando el ser humano, en perfecta armonía y al unísono, de un salto evolutivo a través de sus “propósitos de fin de año”.  

No dejo de pensar qué ocurriría si realmente cumpliésemos nuestros propósitos cada fin de año. Desde luego viviríamos en un mundo mejor. El 90 % de la población sería deportista de élite, habría escrito cuatro o cinco betsellers, viajado más que Willy Fog y todas las tabacaleras estarían en bancarrota. Parece que el 31 nos sumergimos en una quimera de felicidad y afán de superación que, no nos engañemos, dura menos 24 horas.

Dejar de beber 

Entramos en una edad conscientes de la importancia de preservar la salud, y dejar de beber es uno de los caminos. Pero nos comemos las uvas y… ¿qué es lo primero que hacemos? Brindar. Y luego brindamos una segunda vez porque faltaba el suegro. Una tercera vez porque faltaba la cuñada. Una cuarta vez donde no estás seguro que falte nadie pero por si acaso y ya seguimos brindando hasta que se hace de día y te ponen delante un chocolate caliente y te lo tomas del trago, ya por costumbre. Primer propósito incumplido.

Independizarnos de nuestros padres 

Aproximadamente un 70 % de los jóvenes entre 24 y 35 años aún viven —vivís, yo vivo en una cueva— con sus padres. Vale que esta cifra me la acabo de inventar, pero seguro que por ahí andan los tiros. No es raro que uno de nuestros propósitos más frecuentados sea independizarnos de ellos. Pero independizarnos de verdad. Aprender a cocinar, lavarte la ropa… Vivir en el mismo edificio y que te hagan los tuppers y la colada no cuenta.

Lamentablemente este propósito nos dura poco. Porque queremos salir de traje y a la hora de ponernos esa corbata que nos ha regalado algún pariente lejano —que nos quiere más bien poco— empieza el problema con el nudo. ¿Y ya sabes a quién acudes no? Mamáaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa.

Ponernos en forma 

Es el propósito por excelencia. Algo que llevas años prometiéndote. Desde los 17 que tus abdominales están en paradero desconocido. Te dices a ti mismo que esta vez es la definitiva. El año pasado ya te apuntaste al gimnasio y lo único que has visto de él es la cuota. Ahora solo falta que vayas.

Inevitablemente, ponerte en forma pasa también por hacer régimen. Después del 31 empiezas, te dices. Pero después de beber el chocolate caliente como si fuera un shot de Martini todavía tienes hambre para un kebab. Y llegas a casa y hay un montón de sobras de anoche­ —incluido tu suegro, que está echándose una cabezadita junto a los langostinos— y coges un par de turrones por si acaso en la cama te entra un poco de hambre. Otro propósito incumplido.

Conocer lugares nuevos 

Te prometes a ti mismo que este año visitarás lugares nuevos. Que dejarás de ir a la taberna. Crees que es hora de ver esas paradisiacas playas en persona. Sabes que hay vida más allá de tu antro de confianza, donde lo más exótico que has visto es a dos abuelos alemanes preguntando por dónde sigue el Camino de Santiago. Pero luego lo primero que haces nada más levantarte el día 1 es llamar a tus colegas y reuniros en vuestro antro de confianza. Alguien tendrá que explicarte cómo llegó esa gigante M de un Mcdonald’s a tu cuarto (historia personal verídica). Pides unas cañas y…  la rueda vuelve a girar.

Créditos: License CC0

Encontrar una pareja 

Este 2018 decides poner fin al páramo deshabitado y post apocalíptico en el que se han convertido tus relaciones amorosas. Y qué mejor noche para empezar a hacerlo que este fin de año con el impecable nudo en la corbata que te ha hecho tu madre. Quieres empezar bien el año, pero bien pensado no es un buen día para intentarlo. Tu sensualidad es nula.  A la quinta copa ya bailas con la corbata en la cabeza, con tu arritmia habitual y con una mano cadenciosa cortando el aire como si fuera mortadela. Como era de esperar, vuelves a casa solo. Quizá sería mejor que empezaras primero por hacer alguna clase de baile.

Nota: Si realmente quieres apuntarte a clases de baile sobre todo procura no ponerlo en tu lista de propósitos, porque como bien acabo de demostrar, es la forma más rápida y segura de fallar estrepitosamente. ¡Nos vemos el año que viene!

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No hace muchos años descubrí que Ginebra era también una ciudad. Fue entonces cuando empecé a viajar para curar un poco mi ignorancia. Todavía sigo en ello.