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¿Por qué nos parece que ser padre es genial pero hacer cosas de padre es lo peor?

¿Qué significa hacer cosas “de padre”? ¿Por qué “un padre” es LO MÁS GRANDE pero “hacer cosas de padre” es horrible? ¿Por qué los padres utilizamos el femenino o masculino inexistente de cualquier expresión para reforzar una negación -“ni cine, ni cina, te quedas en casa”-?

Y aún más extraño: cuando eres padre e hijo a la vez (esto sucede con frecuencia sin que esa coincidencia provoque una paradoja espacio-temporal que provoque una reacción en cadena que desarticule el continuo espacio-tiempo) ¿por qué desapruebas que tu padre haga “cosas de padre” mientras tú las empiezas a hacer con deleite?

La respuesta podría ser un simple y claro: “Porque lo digo yo, que para eso soy tu padre”. Sin embargo, no hay que olvidar que, como le dicen a Peter Parker cuando empieza a ver lo que se le viene encima con lo de lanzar telarañas por las muñecas “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Y los padres, entes entrañables donde los haya,  son los únicos seres capaces de disfrutar de un partido de fútbol del niño de marras a las 7 de la mañana a menos cinco bajo cero. Por ello, entre otras cosas, la humanidad ha decidido que se merecen un día.  

Pero ese día… ¡ay! de nuevo ha sido vilipendiado por la especie humana y se ha convertido en el día de las corbatas, la colonia, algún que otro juguete semitecnológico y el pastel que en realidad no soportas pero que un día, por educación, te comiste (asumiendo tu familia que es tu bocado favorito).

Y, ¿qué hacen entonces los padres? Sonríen nostálgicos mientras cenan en familia llenos de melancolía y se toman un par de cervecitas soñando con aquel viaje o  aquel concierto deseado.

Así que hoy rompo una lanza a favor de una rebelión liderada por los hijos, cual Luke contra Darth Vader (otro padre insigne) en la que toda la sociedad se movilice para que, sin perjudicar a la industria corbatera y del perfume, nuestros padres celebren su día con experiencias vitales. Quizás lo de cortar la mano a tu hijo con un sable láser es demasiada vitalidad, pero es un símbolo…

Porque ya es hora de ser transgresores. Ya lo fue Enrique con Julio (y lo sabes), lo fue Bruto con Julio César. ¡Rebelémonos! ¿Qué me regalaría yo a mí mismo? Una noche de teatro en el Poliorama viendo a Sacristán o las risas con Santi Rodríguez en el Pequeño Gran Teatro de la Gran Vía de Madrid, o ir a un concierto de Sabina y cenar en una terracita después, con algo (o mucho) de juerga, sin reparar en la cuenta. También tengo pendiente una cata de cavas de autor (que ya tenemos edad para apreciarla), un vuelo de gran altura en Parapente (típicas cosas que alguien tiene que obligarte a hacer antes de morir), sobrevolar Barcelona en helicóptero, hacer una excursión en velero con patrón  (que donde hay patrón no manda marinero) o puestos a pedir… ¡una escapada a Roma! Cosas “de adultos” y no necesariamente “cosas de padre”. Hagámoslo, regalemos y que nos regalen. ¡Despertad!

Siempre creo que me he dejado la llave del gas abierta.

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