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Madrid para emigrados

La conversación típica entre emigrados suele ser girar en torno a la comida que echas de menos, sobre todo si las joyas gastronómicas de tu país de acogida son las salchichas y el filete empanado. Pero no es lo único: es más que probable que cuando vuelvas a casa termines haciendo un recorrido nostálgico en busca de esos detalles mínimos que terminas echando de menos en el extranjero.

Cuando emigras, de repente te encuentras dando likes a las fotos de tu ciudad que suben tus amigos: las chulaponas a las que jamás has hecho una foto, la plaza de España o el parque del Retiro, nada se escapa a tu dedo. No es que al vivir fuera  te hayas convertido en la más cañí de la noche a la mañana, pero de repente empiezas a ver de otra forma esas calles a las que no dabas la menor importancia cuando las atravesabas a diario y cuando regresas acaba ocurriendo lo inevitable: haces de guiri en tu propia ciudad.

Cuando me voy de viaje no me conformo con visitar el monumento típico: me parece igual de importante dejarme caer por los sitios en los que se dejan ver los lugareños y pasear por barrios que no tienen monumento alguno para curiosear, escondiendo incluso la cámara de fotos para pasar lo más desapercibida posible. Así que cuando vuelvo a casa,  lo que me apetece es ver abuelos jugando a la petanca, niños a los que visten como si fueran de comunión, mujeres que se abanican dándose golpes en el pecho y de paso escuchar las conversaciones de los autobuseros con las vecinas y sonreír para mis adentros cada vez que oyes cosas como “dónde vamos a ir a parar”.

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Si encima vives en una ciudad donde el servicio es tan malo que 9 de cada 10 veces te preguntas si tienes que ir a la barra o si alguien te atenderá en la mesa, da gusto encontrarte con camareros que te dicen “y los jóvenes qué van a tomar” y el no menos típico “y por aquí les traigo unas patatitas”. Si encima escuchas ya un “¿pero de qué va, qué se ha creído?” soltado a voz en grito por teléfono con toda la chulería (merecida) que tenemos los madrileños, no cabe ninguna duda: has vuelto a esa ciudad que aunque no sea perfecta, siempre será tu casa.

Un clásico de las escapadas a Madrid es que tus amigos te quieran llevar al último restaurante vegano que ha abierto en el centro o a ese bar que se supone que es el último grito pero que no deja de ser de una modernidad mal entendida y que lo mismo podría estar en Berlín, Nueva York que en ese Malasaña que ya apenas reconoces. Y claro, no bajas a Madrid para ver hipsters y beber “frapuccinos” de calabaza en el Starbucks, así que toca tomar las riendas e imponer tu santa voluntad, que por algo eres tú la que vive fuera.

Primera estación: Tirso de Molina

La primera vez que cité a mis amigos para ir al Rastro debieron pensar que me había vuelto loca: en pleno invierno y con lluvia, de todos los sitios en los que se podía quedar, yo elegí el Rastro. Pero aunque en Berlín hay mercadillos para aburrir,  en ninguno encuentras esa mezcla de puestos con camisetas de lobos aullando a la luna, bombillas, revistas con folclóricas y casetes de chistes y cuentos. Lo suyo es tomarse el aperitivo allí mismo, y quien quiera emociones fuertes, en vez de conformarse con las tapas de patatas fritas o aceitunas, puede atreverse con caracoles, entresijos y gallinejas sin tener que alejarse mucho. Y para los que no somos amigos de la casquería, siempre quedará el bocata de calamares: cómo un bocadillo de molusco se ha convertido en algo típicamente madrileño es un expediente X, pero el que lo prueba, repite.

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Otra de las cosas que hago siempre antes de bajar a Madrid es mirar qué exposiciones hay, pero si nada me convence, siempre me queda el Reina Sofía: el Guernica no es la única joya que esconde.

Próxima parada: Gran Vía

No hay visita a la ciudad sin su paseo de Sol a Plaza de España. Hasta cuando voy por pocos días, el centro cae. A menudo cito a la gente incluso una hora más tarde para tener tiempo de callejear. La Gran Vía se ha uniformado un poco con tanta franquicia, pero basta con mirar al cielo para ver balcones con vistas envidiables o impresionante esculturas coronando edificios: puede que la más conocida sea la del Edificio Metrópolis, pero hacedme caso, levantad la vista y os llevaréis auténticas sorpresas.

Si lo que buscas es un Madrid un poco más auténtico y que haya sobrevivido a la uniformización, sólo tienes que callejear para encontrarte la Casa del Bacalao, la librería Pérez Galdós o la Casa de Diego, una tienda de paraguas y abanicos que lleva abierta desde el siglo XIX y con la que no ha podido ni el omnipresente Corte Inglés. Son comercios en los que aún se puede ver a gente con rebecas de punto, abuelas con blusas floreadas y permanentes imposibles y el ejecutivo color carne hasta la rodilla… la clásica señora que cuando vives en Alemania sólo la puedes ver en las películas de Almodóvar, vaya.

El desvío a Pontejos es opcional, pero aún no he visto ningún otro lugar del mundo con la profusión de botones, encajes y cremalleras que hay allí. Ahora cuando tengo que comprar lana o botones es un drama, yo no sé cómo se las arreglan en estos países del norte sin un Pontejos. Al llegar al final de la Gran Vía es inevitable mirar al cielo una vez más y agradecer que finalmente no vayan a tirar ni cambiar el Edificio España.

Correspondencia con Ópera

No se lo montaban mal los monarcas, no. No es que ahora manejen presupuesto de menosmileurista, pero si se quisieran construir un palacio en cada rincón, se iba a liar muy parda. El Palacio Real no es Versalles, pero tampoco repararon en gastos: merece la pena verlo por dentro, aunque el verdadero lujo es pasear por los jardines y desconectar del ruido durante unos minutos.

That’s how Royal Palace looks in winter🇪🇸 Thanks for photo @urbannizer 👍🏼 #farhomephotos #madrid #spain #palacioreal

Una foto publicada por 🏨Hostels in Madrid🇪🇸 (@farhomehostels) el

Desde allí no hay nada como callejear hasta la Plaza Mayor para ver el Madrid de los Austrias: bastante más sobrio y con más reminiscencias de ese pueblo pre-capitalino que se llamaba Magerit. Parte de esa sobriedad aún se deja ver en los puestos navideños de la plaza que siguen vendiendo figuras de cerámica para el Belén (no todo son pelucas ni cuernos de reno, no) y en las vendedoras de castañas: siempre son una buena alternativa para quienes no quieren engullir de una sentada todas las calorías diarias recomendadas con el chocolate con churros del cercano San Ginés.

Final de trayecto

Con ganas y días, y sin salir de la capital, está uno de los secretos mejor guardados de Madrid: el parque del Capricho, una de estas locuras de aristócratas empeñados en crearse un mundo de fantasía sólo para sus ojos. En sus 14 hectáreas hay fuentes, un palacio, una ermita, un casino, un embarcadero, un laberinto y hasta casas “humildes”, no fuera que la duquesa de Osuna se aburriera de refinamiento y quisiera jugar a ser plebeya. Los refugios antiaéreos que se construyeron durante la guerra civil se han abierto al público hace poco, así que el Capricho está en la lista de cosas que tengo que ver la próxima vez que vuelva.

Una foto publicada por @slruben el

Así que amigos, tened un poco de paciencia con los emigrados si cuando bajamos nos empeñamos en comer churros aunque no toque, si insistimos en dar un rodeo por la Plaza Mayor y nos quedamos obnubilados viendo figuras navideñas, si nos paramos a hacer una foto de la señora pesada que da de comer a las palomas todos los días, si nos empeñamos en ir a ver Las Meninas o si queremos quedar en un bar que no ha cambiado el mobiliario desde la Transición, pero son ésas las cosas las que hacen que Madrid sea “casa”.  Si queréis restaurantes veganos y cafeterías con “matcha latte”, podéis venir a visitarme cuando queráis.

 

Me pierdo hasta con GPS... pero tiene sus ventajas

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