Un espectáculo de baile, me dijeron mis amigos. Yo puse cara rara, en plan: ya me la estáis colando. Pero en un microsegundo le dí una pensada. No quiero ser esa clase de persona que dice que no a todo lo desconocido, sin conocimiento de causa. Me dije a mí mismo: cero prejuicios. La mente abierta a lo que venga. Adelante, vamos a verlo. Así que sacamos las entradas por Internet y nos lanzamos a la calle. Pasamos la tarde de cañas (bocata de calamares incluido) por Antón Martín y Tirso de Molina hasta desembocar en el Teatro Nuevo Apolo. Nos sentamos en nuestros asientos, se apagaron las luces y una música épica como una lluvia de hachas inundó la platea.

¿Quienes son Los Vivancos? ¿Son hermanos? ¿Son inmortales?

Sí, así es, son hermanos. Y no, en principio no son inmortales. ¿Cómo? ¿Son todos hermanos? Sí, hijo sí. Todos los bailarines que conforman el grupo Los Vivancos son hermanos. Siete, para ser exactos (¿hago la broma de las siete novias para siete hermanos?) Fue su padre (bailarín y compositor) quien les inculcó desde pequeñitos el arte y la danza. Los chiquillos fueron creciendo y quisieron continuar con los pasos de su padre, pero dándole una vuelta de tuerca al flamenco que tanto les gustaba. Y parece que no les ha ido mal porque han estado de gira por más de treinta y siete países…

Bestias pardas indómitas del taconeo

¡Madre mía, lo que se mueven estos chicos! No paran un minuto quietos sobre las tablas, bailando pero sobre todo taconeando hasta llegar a los límites de la capacidad humana. Lo digo en serio. Yo pensaba: estos chicos mañana no van a poder andar, van a tener los gemelos esculpidos en mármol. No es normal. Tanto me picó la curiosidad que fui a preguntar a San Google en busca de respuestas y algo de consuelo encontré, porque resulta que uno de ellos tiene el récord guinness mundial de taconeo. Tuvieron que grabarlo con cámara superlenta para poder contabilizar el número de veces que taconeaba el suelo por segundo, y no sólo batió el récord sino que casi lo dobló. Lo dicho. Unas bestias pardas indómitas del taconeo. Y no es que lo diga yo, es que está certificado ante notario.

Un montaje espacial de la NASA

En un momento dado de la actuación, el teatro se queda a oscuras. Música electrónica. Unas luces de LED dibujan una forma humana que empieza a bailar, le salen brazos por todas parte, luego es una culebra, después… bueno, un millón de cosas. Una coreografía de luces y colores muy innovadora, como si fuera un espectáculo de baile burlesque en la Estrella de la Muerte al que acudieran los soldados imperiales en sus días de asueto, con un pase especial el primer sábado de cada mes en honor al amado líder, Darth Vader. Después volví a recurrir al móvil (que para eso es smart) en busca de respuestas y resulta que un técnico aeroespacial de la NASA ha sido el encargado de diseñar la puesta en escena así como toda la tecnología de la escenografía, en exclusiva para ‘Nacidos para Bailar’. Algo de universo espacial tiene, aunque sin enfrentamientos entre el Imperio y la rebelión, ni lado oscuro.

The end

Después de varios números en los que se pasa de la danza más clásica a taconear boca abajo, pasando por tocar el violín eléctrico colgado de un arnés con las piernas abiertas a lo Jean Claude Van-Damme, llegó la parte más cercana en la que los chicos bailan pachanga animando sin parar y acercándose a la gente. Todo el mundo acabó cantando y aplaudiendo con los siete hermanos en lo que parecía ser el final de un ritual pagano. A la salida, decidimos quedarnos charlando un poco en el vestíbulo del teatro y por allí aparecieron Los Vivancos para conocer al público. Hacerse fotos con ellos y demás. Un detallazo. Ellos mismos nos comentaron que seguirían con el show en Madrid hasta el 10 de diciembre y que el año que viene, en primavera, llevarían ‘Nacidos para Bailar’ a Barcelona

Créditos: Los Vivancos. Fotos: Roberto González

Salimos del teatro cada uno con una opinión. A uno le había gustado; a otro le había gustado mucho. Uno alababa la capacidad atlética del taconeo incansable de los bailarines. Otro decía que la parte que más le había gustado era la parte final. Otro que lo mejor era lo de los trajes espaciales. Y así, charla que te charla, nos fuimos perdiendo entre las calles hasta llegar a Lavapiés y continuamos con la conversación en los bares hasta las tantas de la madrugada.

No llegamos a ninguna conclusión. No es un espectáculo de baile al uso, es otra cosa. Un no sé qué que qué sé yo. No soy capaz de encontrar un adjetivo que defina a la perfección lo que vi. Rompedor. Transgresor. Innovador. De vanguardia. Se me ocurren muchos términos así, pero ninguno encaja al cien por cien. En lo único que todos coincidimos es que… no te deja indiferente.

Un espectáculo de baile, me dijeron mis amigos. Yo puse cara rara, en plan: ya me la estáis colando. Pero en un microsegundo le dí una pensada. No quiero ser esa clase de persona que dice que no a todo lo desconocido, sin conocimiento de causa. Me dije a mí mismo: cero prejuicios. La mente abierta a lo que venga. Adelante, vamos a verlo. Así que sacamos las entradas por Internet y nos lanzamos a la calle. Pasamos la tarde de cañas (bocata de calamares incluido) por Antón Martín y Tirso de Molina hasta desembocar en el Teatro Nuevo Apolo. Nos sentamos en nuestros asientos, se apagaron las luces y una música épica como una lluvia de hachas inundó la platea.

¿Quienes son Los Vivancos? ¿Son hermanos? ¿Son inmortales?

Sí, así es, son hermanos. Y no, en principio no son inmortales. ¿Cómo? ¿Son todos hermanos? Sí, hijo sí. Todos los bailarines que conforman el grupo Los Vivancos son hermanos. Siete, para ser exactos (¿hago la broma de las siete novias para siete hermanos?) Fue su padre (bailarín y compositor) quien les inculcó desde pequeñitos el arte y la danza. Los chiquillos fueron creciendo y quisieron continuar con los pasos de su padre, pero dándole una vuelta de tuerca al flamenco que tanto les gustaba. Y parece que no les ha ido mal porque han estado de gira por más de treinta y siete países…

Bestias pardas indómitas del taconeo

¡Madre mía, lo que se mueven estos chicos! No paran un minuto quietos sobre las tablas, bailando pero sobre todo taconeando hasta llegar a los límites de la capacidad humana. Lo digo en serio. Yo pensaba: estos chicos mañana no van a poder andar, van a tener los gemelos esculpidos en mármol. No es normal. Tanto me picó la curiosidad que fui a preguntar a San Google en busca de respuestas y algo de consuelo encontré, porque resulta que uno de ellos tiene el récord guinness mundial de taconeo. Tuvieron que grabarlo con cámara superlenta para poder contabilizar el número de veces que taconeaba el suelo por segundo, y no sólo batió el récord sino que casi lo dobló. Lo dicho. Unas bestias pardas indómitas del taconeo. Y no es que lo diga yo, es que está certificado ante notario.

Un montaje espacial de la NASA

En un momento dado de la actuación, el teatro se queda a oscuras. Música electrónica. Unas luces de LED dibujan una forma humana que empieza a bailar, le salen brazos por todas parte, luego es una culebra, después… bueno, un millón de cosas. Una coreografía de luces y colores muy innovadora, como si fuera un espectáculo de baile burlesque en la Estrella de la Muerte al que acudieran los soldados imperiales en sus días de asueto, con un pase especial el primer sábado de cada mes en honor al amado líder, Darth Vader. Después volví a recurrir al móvil (que para eso es smart) en busca de respuestas y resulta que un técnico aeroespacial de la NASA ha sido el encargado de diseñar la puesta en escena así como toda la tecnología de la escenografía, en exclusiva para ‘Nacidos para Bailar’. Algo de universo espacial tiene, aunque sin enfrentamientos entre el Imperio y la rebelión, ni lado oscuro.

The end

Después de varios números en los que se pasa de la danza más clásica a taconear boca abajo, pasando por tocar el violín eléctrico colgado de un arnés con las piernas abiertas a lo Jean Claude Van-Damme, llegó la parte más cercana en la que los chicos bailan pachanga animando sin parar y acercándose a la gente. Todo el mundo acabó cantando y aplaudiendo con los siete hermanos en lo que parecía ser el final de un ritual pagano. A la salida, decidimos quedarnos charlando un poco en el vestíbulo del teatro y por allí aparecieron Los Vivancos para conocer al público. Hacerse fotos con ellos y demás. Un detallazo. Ellos mismos nos comentaron que seguirían con el show en Madrid hasta el 10 de diciembre y que el año que viene, en primavera, llevarían ‘Nacidos para Bailar’ a Barcelona

Créditos: Los Vivancos. Fotos: Roberto González

Salimos del teatro cada uno con una opinión. A uno le había gustado; a otro le había gustado mucho. Uno alababa la capacidad atlética del taconeo incansable de los bailarines. Otro decía que la parte que más le había gustado era la parte final. Otro que lo mejor era lo de los trajes espaciales. Y así, charla que te charla, nos fuimos perdiendo entre las calles hasta llegar a Lavapiés y continuamos con la conversación en los bares hasta las tantas de la madrugada.

No llegamos a ninguna conclusión. No es un espectáculo de baile al uso, es otra cosa. Un no sé qué que qué sé yo. No soy capaz de encontrar un adjetivo que defina a la perfección lo que vi. Rompedor. Transgresor. Innovador. De vanguardia. Se me ocurren muchos términos así, pero ninguno encaja al cien por cien. En lo único que todos coincidimos es que… no te deja indiferente.

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Lo que más me gusta del siglo XXI es que todavía seguimos usando un palo metálico que pone El Siguiente para distinguir nuestra compra de la de los demás en el supermercado.