Libros, rosas, amor, dragones y primavera. Ha llegado la hora de hablar del lado oscuro de uno de los días más señalados en Cataluña, Sant Jordi.

El 23 de abril no es un día cualquiera en Cataluña. Las calles se llenan de puestos de libros y rosas y de gente que compra y esparce amor y cultura por todos los rincones. Las televisiones, las radios y los coles hacen programación especial y los autobuses llevan banderitas. El 23 de abril es un día único que, como cualquier gran número de magia, tiene truco.

Como barcelonesa que ganó unos Jocs Florals* en primero de primaria con un poema sobre un escarabajo bocazas y que tiene marcado el 23 de abril en fosforito en todas las agendas de su vida, pienso que ha llegado el momento de contar (casi) toda la verdad sobre Sant Jordi en Barcelona.

Ja tenim aqui Sant Jordi #naturgolden #florsdeli #santjordi #perlatevaprincesa

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Capítulo 1: Sant Jordi es laborable

Mucho hablar de la diada de Sant Jordi, de lo especial que es y bla, bla, bla, pero en Barcelona se trabaja. Bueno, se hace ver que se trabaja. Es imposible concentrarse. Todo el mundo solo puede pensar en salir en la calle y pasear (después llegaremos a eso de pasear) entre libros y rosas. Se pierden horas intentando cuadrar agendas con las parejas para poder coincidir, mandando memes felicitando el día y rosas formadas con caracteres a todos los grupos de WhatsApp. Es un estrés. Además, siempre hay el típico compañero que afirma que es mejor que no sea festivo porque, si lo fuera, la gente se iría. ¡¿Y qué?! ¿Qué problema hay en que la gente salga de Barcelona? Tal vez así podría pa-se-ar de verdad una vez en mi vida por la Rambla un Sant Jordi.

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Capítulo 2: mucha gente, mucha

Es más fácil llegar a reunir a los Beatles de nuevo que andar tranquilamente por el centro de Barcelona el día de Sant Jordi. A medida que avanza la jornada, las personas van acumulándose en las mismas calles a ritmo de quien ramblea y se para a ver qué se cuece en las paradas cogidos de la mano de sus parejas. Se crea un efecto tapón aumentado por el hecho de que no todo el mundo se mueve ni en el mismo sentido ni dirección. Hay quien sube, quien baja y quien cruza de un lado a otro para no saltarse ni una librería. Para alguien como yo, a quien un pitufo mira por encima de su hombro azul, la situación puede superar al metro en hora punta un día de huelga.

Hay quien ha entrado en uno de estos ríos de gente feliz con la intención de llegar hasta la mesa en la que firmaba David Trueba y ha terminado agarrado de la mano de un desconocido y con el libro dedicado por Ana Rosa Quintana.

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Capítulo 3: elegir el libro

Si la intención es tomarte tu tiempo para elegir el libro ideal, tal vez el 23 de abril no sea el mejor día para hacerlo. Si logras poder llegar hasta una de las paradas y tener margen de movimiento, te darás cuenta que en los puestos de las calles no cabe todo y, por lo tanto, deben priorizar. Dominan novedades, libros con premios y “los mediáticos”, una especie de etiqueta creada para hacer sentir culpables a los lectores que los compran y zoquetes a quienes los escriben. Resumiendo, que si buscas una versión sueca de un libro de Jane Austen, seguramente acabes con uno de Pilar Rahola firmado por Ana Rosa Quintana.

Capítulo 4: rosas, amor y disgustos

Tú le preguntas a un catalán cuando es el día de los enamorados y te responderá, Sant Jordi. Aquí hay otro santo, Valentín, que ha venido a perder. La tradición manda que, el 23 de abril, el chico regale una rosa a la chica y la chica un libro al chico. Lo que parece un desequilibrio de precios en el regalo, se acaba igualando si tenemos en cuenta que, ese día, las rosas se pagan a precio de alquiler de un piso en Barcelona. Además, ahora ya son pocas, espero, las chicas que se quedan sin libro.

Siempre hay aquel novio, ahora ex, que te da el monumental disgusto de Sant Jordi al regalarte un ramo de rosas azules (no es día para ser originales: una rosa y que sea roja) o un libro de Paulo Coelho.

Capítulo 5: la leyenda

Ve y explícale a los niños y niñas que Sant Jordi era un caballero que asesinó un dragón para salvar una chica con título nobiliario incapaz de defenderse sola porque, además, en tan peliaguda situación, su padre con título nobiliario le había puesto un vestidito monísimo. ¿Qué pretendía que hiciera: lanzarle la corona de flores al ojo de la bestia?

En la época de lo políticamente correcto, la duda sobre cómo explicar la leyenda que da pie a la tradición ha acabado generando mil cuentos en las librerías con mil versiones. Un drama.

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Epílogo

Y con todo esto, que quede claro: Sant Jordi es la mejor fiesta del mundo.

*concurso literario que se organiza por Sant Jordi, también, en los colegios.

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Solo llego puntal cuando voy al cine, no sé resistirme a un mal plan y soy tan inútil orientándome que me perdería en mi propio museo. Espero que algún día declaren las patatas chips pilar de la dieta mediterránea. Me acompaña un ratón vaquero de nombre Cowmouse.