Quizás sea porque viste demasiadas veces ‘Antes del amanecer’. Por los mejunjes afrodisíacos que tomaste subiendo al Machu Picchu. Por el jet lag. Aún no lo sé, pero sí que los amores viajeros son totalmente diferentes al resto.

Sucedió en Cartagena…

Anochece en la colombiana Cartagena de Indias. Es de esas noches en las que eres consciente de que estás solo en un lugar diferente. Y no sé cómo, termino viendo un meeting político en el que una señora promete más zonas verdes y hasta una playa para perros. La gente va y viene alrededor, un hombre trata de venderme unas maracas y un chico de ojos verdes se acerca.

Lo típico: te pide fuego, hablas del tiempo y terminas tomando una primera cerveza. De cinco. Y para cuando te das cuenta acabas contándole cosas que ni llegaste a escribir en la carta de los Reyes Magos. En otra ocasión, quizás habría esperado al famoso beso un día o dos más. Pero estás de viaje y nunca sabes si pasado mañana vas a estar en Lepe o en mitad de una convención de ejecutivos japoneses. The time is now, me lo dice la brisa caribeña y ese bolero que alguien canta en la plaza. Al parecer Cupido me debía un favor. Porque cuando viajas y te cuelas por alguien salen mariposas hasta de debajo de las arepas.

Y pasan los días, y tú ya te ves viviendo en un rancho en Texas haciendo mermelada casera. Quizás teniendo una historia de amor entre dos ciudades. Cada uno con un tatuaje de Colombia, por supuesto, o montando un blog de viajes del que vivir mientras recorremos el mundo.

Quizás, quizás, quizás.

Amar en tiempos viajeros

Mi historia es solo una de otras muchas. De hecho, no hay más que darse un voltio por la red para descubrir que existen verdaderos dramones y pasiones dignos de esa secuela de Titanic que jamás veremos: personas que se conocen haciendo yoga en el hostel, tras chocarse buscando el Taj Mahal con el GPS o, simplemente, con unos mojitos de más.

El “cómo” no siempre es lo importante, salvo que quieras que en Hollywood te compren la idea. Lo curioso es “por qué” los amores viajeros siempre nos resultan tan estimulantes. Y debe ser porque al final todo se reduce a una cosa: el carpe diem, o vivir el presente, que queda más coach.

Traducido: cuando viajamos, somos más conscientes del momento y nos sentimos liberados. Hablamos fácilmente con las personas, buscamos los mismos monumentos y nos sentimos más seguros. Es lo que tiene el anonimato y la ausencia de la famosa zona de confort. Y bueno, que también hemos visto muchas películas de Meg Ryan.

Motivos que nos llevan a experimentar una sensación maravillosa.

También hay una parte mala

Cuando te enamoras durante un viaje no todo es pasión y helados compartidos. De hecho, puede que pases más tiempo del que esperabas con esa otra persona. Por suerte o por desgracia.

Tras el enamoramiento inicial, llegará la fase de conocerse mejor. Profundizarás en su universo, pero también puede que descubras que ronca más que un cachalote, que una esposa le espera en casa (con sus hijos) o que le encanta robar imanes de las tiendas.

Pero tranquilo, que si no pasa nada de eso, siempre pueden ocurrir otras cosas. Por ejemplo, que aquellos planes que normalmente haces con una pareja a los cuatro años aquí tengas que hacerlos a la semana: “¿Viviremos en algún lugar intermedio?”, “Canarias está bien… O Miami.” O peor: “A mi madre le encantarías” y otras frases de los creadores de “¿No vamos demasiado rápido?”

Lo dicho, todo muy intensito. Y lo peor es que nos encanta hasta que se acerca el último día.

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Pero oye, a veces también merece la pena seguir hasta el infinito y más allá. O al menos, ponerle freno antes de que el bonito recuerdo se enturbie y acabes yendo a terapia al volver.

Sea como sea, al menos quedará un despegue de regreso durante el que habrá sonrisas, lágrimas y ganas de salir del avión.  

Solo entonces comprendemos la magia de viajar y de la vida.

De esos amores a los que siempre podemos ir a visitar.

 

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Alicantino de nacimiento, amante de cualquier lugar con mínimas de 25ºC. Mi debilidad es escribir en cafés secretos, tengo curry en las venas y una palmera tatuada (tiene su miga, aunque no lo parezca). Una vez gané un premio en Japón.