Seguro que más de una vez has visto un niño que apenas sabe andar pero domina el móvil de su madre. ¿Habrá dentro de su mente algún mecanismo supersónico que escapa a nuestra mente analógica?

Seguro que más de una vez has visto un niño que apenas sabe andar pero domina el móvil de su madre. ¿Habrá dentro de su mente algún mecanismo supersónico que escapa a nuestra mente analógica? Son “nativos digitales”, dicen. Pero, ¿qué significa esto? ¿son las pantallas los nuevos chupetes para niños?

En América se habla de una nueva “brecha” tecnológica de clases. Lo que antes era una lucha por introducir pantallas en las aulas para que los niños se transformaran cuanto antes en pequeños “cyborgs”, hoy está sufriendo un efecto “boomerang” que corre hacia atrás casi a la misma velocidad a la que iba. Socorro.

Mientras algunos padres dejan a sus hijos buceando y capturando todo tipo de peces en el mundo digital, los padres “del otro lado”, se preguntan cómo repescar a los suyos de las pantallas. ¿Dónde está realmente la calidad de vida? El psicólogo Richard Freed afirma que cada vez es más importante “conectar” a los niños a experiencias del mundo real, ya que de lo contrario pueden desarrollar problemas de atención e incluso de comportamiento. Pero tranquilos, que no cunda el pánico.

Las familias de Silicon Valley empiezan a expresar su terror por el impacto que las pantallas pueden tener sobre sus hijos, y se mueven hacia estilos de vida sin tecnología, revalorizando los paseos por el parque en familia, o la creatividad que despierta un juguete de madera. ¿La interacción humana se está convirtiendo en lujo? ¿Estamos locos o qué? Pronto salir a tomar algo será más cool que tener el nuevo iPhone.

Es cierto que hoy parece complicado que un niño pueda estar alejado de las tecnologías sin que sufra un “shock” o quede aislado de su grupo de “amigos ultraconectados”. Los techies ya no son freakies y al revés.  En cualquier caso, esto es nuevo para todos, así que no nos queda otra, hay que avanzar por intuición y buena voluntad, y esperar que no nos dejemos un eslabón perdido en el camino.

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La mano que mece el cotarro.