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El #DetoxDigital ya está aquí y los hoteles sin acceso a internet son lo más de lo más

14.09.2016
¿Tienes un amigo que está pegado al móvil todo el rato? Pues tienes dos opciones: darle un bofetón tan fuerte que vuelva al mundo real (aunque deje de ser tu amigo) o llevarlo un fin de semana a un hotel de esos que te quitan el móvil al entrar. Tú mismo.

Has consumido casi todos los datos de tu smartphone y vas por la calle mendigando una red a la que conectarte, como un yonki con el mono. De pronto, la visión de un oasis en el desierto, ves aparecer las palabras mágicas en el escaparate de una cafetería: Free-Wifi. Miras a tu móvil con cariño y susurras, -“Lo hemos conseguido. Ha faltado poco pero ya ha pasado todo. Estamos a salvo”.

A ver, compartir es vivir, es verdad. Pero estar híper conectado puede ser un problema. Puedes perder de vista el meollo del asunto. Se trata de disfrutar y no de sufrir. Si nada más levantarte miras Facebook y al ver que no tienes ninguna notificación sientes un vacío existencial que ni Jean-Paul Sartre podría explicar. Entonces, estás enganchado.

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El Detox Digital ya está aquí

Por suerte, algunos hoteles y casas rurales están empezando a ofrecer packs de lo que llaman #DetoxDigital. Es decir, desintoxicarte del mundo digital. Y para ello no tienen ningún reparo en confiscarte tus “aparatos internetiles” nada más llegar. Hay para todos los gustos: si quieres hacer una escapada playera, en Cádiz está el Hotel Barceló Sancti Petri Spa Resort y en Marbella el Hotel Vincci Selección Estrella De Mar donde podrás disfrutar de sus playas pero ojo, no podrás dar envidia a tus amigos mandando la típica foto de los pies en el mar. Si eres más de montaña, entonces el Vincci Selección Rumaykiyya en Sierra Nevada es tu destino ideal, y ya se sabe: Montaña-Internet son conceptos opuestos, como Hipoteca-Remunerada.

Y si lo que quieres es huir de la ciudad, cerca de Segovia puedes encontrar La Senda de los Caracoles donde sentir la belleza y autenticidad del campo usando los cinco sentidos, y no a través de una pantalla. A estos establecimientos, se va a desconectar (y nunca mejor dicho). A que olvides por unos días el móvil y te centres en leer, dar un paseo y mirar a tu alrededor. Suena genial, pero nadie dijo que fuera fácil.

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Manos arriba. Esto es una desconexión

Como si llegases a un pueblo en una peli del Oeste, el Sheriff local (el tipo de recepción) te va a pedir que le entregues las armas (dispositivos digitales), que te lo va a guardar todo a buen recaudo antes de hacer el check-in. Dice que te lo devolverá al final de la estancia, pero a ti ya te ha salido un sarpullido, una reacción psicosomática al desprenderte de ese axioma de tu cuerpo que es el móvil.

Una vez en la habitación, sueltas las maletas, coges el teléfono fijo y llamas a recepción pidiendo la clave wifi: – Ya se lo he explicado, caballero. Se trata precisamente de eso, no puedo facilitarle la contraseña del wifi. – Disculpe, es la costumbre. Miras a tu alrededor y todo es igual pero todo parece distinto. Por no haber, no hay ni televisión.

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Adiós conexión. Hola mundo exterior

Sientes que te han cortado las alas, no sabes qué hacer con las manos, tu pulgar derecho es un amante despechado que echa de menos a su media naranja. La ansiedad se va haciendo más grande y la habitación más pequeña. Necesitas tomar el aire. Pa’ fuera, Pa’ la calle repite una voz con acento latino en tu cabeza como si fuera una canción de reggaeton. “Vamos mamita, tírame ese baile”. Redios! Esto se está poniendo feo. Así que haces caso a la voz de tu cabeza y vas pa´fuera.

Una vez allí, observas el paisaje. Es una auténtica pasada, y encima está anocheciendo. Piensas: a esto le iría bien el filtro Walden, esta foto tendría por lo menos 50 MeGustas en Instagram. Y la titularía: Desconexión. Y es entonces cuando te das cuenta de tu estupidez y de que el amigo que te recomendó venir aquí tenía razón.

El síndrome de abstinencia

Después de cenar, y ya muerto de aburrimiento, ves en tu habitación un libro. Y sin darte cuenta, por puro instinto, lo abres y lees un poco. ¿Por qué? ¡Porque estás muy loco! Porque estás acostumbrado a recibir memes, gifs y videos de gente rara haciendo cosas aún más raras y tú cerebro ahora mismo es un vagabundo que te dice: “Ay dame argo. Lo que tengas. Una monedica” Y esa monedica es el libro.

Después de un rato leyendo, caes en un profundo sueño. Por la mañana, estás más relajado que nunca. Tu cerebro ya se ha acostumbrado a “la nueva situación”. Corres las cortinas y ves salir el Sol. ¿Tienes ganas de compartir este momento con todos tus contactos?  Nah, casi mejor así. Y te sientes tan valiente que disfrutas del amanecer, así, a pelo.

Poco a poco, te va molando disfrutar de los placeres sencillos. Bajas a desayunar y no tuiteas: Buenos días, qué bonito día hace.  Sino que se lo dices a la camarera y ella te responde en directo, sin arrobas, ni streaming… Y mientras tanto, notas el aroma del café que te está sirviendo. Como si antes fueras ciego y acabases de recobrar la vista, vuelves a sentir las cosas y son más reales. Y cuando la camarera te echa el café hirviendo encima y te quema la entrepierna porque se ha distraído con la chachará pues ya todo es súper real.

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Vuelta a la vida

Al marcharte del hotel, te devuelven las armas. Y por un momento reflexionas sobre el uso de los móviles. Parece que algo has aprendido porque juras solemnemente no volver a usarlo a no ser que sea para llamar a alguien y tener una conversación “de verdad” con otra persona.

Así que te montas en el coche y te dispones a volver a casa. Pero… ¿Cuál es el camino para llegar a casa? ¿Qué carretera coger? ¿Al salir hay que girar a la izquierda o la derecha? Venga, hay que intentarlo cómo se hacía antes, sin la aplicación del móvil. En la guantera tienes la guía con todos los mapas de España que te regaló tu madre, no será tan difícil…

Acabarás usando la app de mapas para coger el camino correcto. Y lo sabes.

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Estamos madrugando por encima de nuestras posibilidades.

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