Conoce

Cuatro planes para entusiastas de la lengua

30.03.2017
No solo de libros vive el amante de la lengua, también necesita salir de vez en cuando a tomar el aire y que le dé el sol. Así que aquí van cuatro propuestas de planes que no solo harán las delicias de los entusiastas de la lengua sino que convencerán hasta al más recalcitrante de los letrófobos.

Mundolingua, el museo de la lengua en París

Escondido en un rincón del distrito sexto de París, entre los jardines de Luxemburgo y el boulevard Saint Germain des Pres, a solo un paseíto de Notre Dame, Mundolingua espera ser descubierto por el apasionado de la lengua. Acogedor y diminuto, esta joyita no es solo un museo, es toda una declaración de amor hacia la lengua y las lenguas.

La exposición tiene dos plantas, muy diferentes entre sí y que estructuran la visita. El paseo por la planta superior nos acerca a las características del lenguaje en términos generales, a las capacidades humanas que permiten la comunicación lingüística y nos permite acercarnos de forma amena y cercana a las facetas teóricas de la lingüística pura y dura (fonética, fonología, morfología, sintaxis, semántica). La planta sótano se centra en las lenguas en concreto y aborda cuestiones como el origen y la evolución de los idiomas, las lenguas en peligro de extinción, el imperialismo lingüístico o los distintos sistemas de escritura. A través de tablones explicativos y paneles experimentales que permiten cacharrear, el visitante puede zambullirse en los árboles de familias lingüísticas, descubrir la evolución de las palabras, aprender sobre el lenguaje de las abejas, conocer las áreas del cerebro encargadas de procesar el lenguaje, leer sobre los manuscritos del mar Muerto o admirar una réplica de la máquina Enigma.  

Mundolingua lleva en funcionamiento desde 2013 y es producto del trabajo de Mark Oremland, un lingüista neozelandés afincado en París, y la filóloga checa Ilona Poňavičová junto a un grupo de lingüistas e investigadores convencidos de que era necesario hacer un museo que acercase la lengua y la lingüística al gran público. El resultado es una preciosidad de exposición que demuestra que hay muchos museos por descubrir en París más allá del Louvre o el Orsay.  

San Millán de la Cogolla, La Rioja

Estamos en el siglo X, en el monasterio de San Millán de la Cogolla, en La Rioja. Un monje copista trabaja con entrega sobre un códice en latín, una lengua que, aunque habitual en los documentos, hace ya varios siglos que no usa la población general. Este pasaje no se entiende nada, piensa el monje mientras trabaja, mejor voy a poner en cristiano lo que dice este trozo. Y ni corto ni perezoso, anota en el margen del códice la traducción del fragmento a la lengua que habla el pueblo. Muchos siglos después, esas anotaciones hechas al margen por un monje para aclarar el significado de un texto escrito en un idioma que ya no se entendía serían bautizadas como las Glosas Emilianenses.

Las Glosas Emilianenses son uno de los fetiches lingüísticos más venerados: durante décadas han sido consideradas la primera manifestación textual del castellano (y también del euskera). Aunque no exactamente: ni son las más antiguas (los Cartularios de Valpuesta, en Burgos, se adelantaron a nuestro copista riojano), y ni siquiera son castellano, sino navarro-aragonés, otra de las lenguas hijas del latín y hermana del castellano (pero no castellano).

Aun así, el monasterio de San Millán de la Cogolla bien merece una visita y el enclave es espectacular. Consta de dos monasterios: San Millán de Suso, más antiguo y recoleto, que está situado en lo alto de la colina, y San Millán de Yuso, mucho más grande y monumental, situado a los pies de la colina (truqui para acordarse de que San Millán de Suso es el de arriba: suso en castellano significaba arriba, como cuando decimos “el susodicho”, que literalmente significa “el que ha sido nombrado más arriba”). Aunque el eslogan “cuna del castellano” sea más que discutible, asomarse a una de las mecas lingüísticas del castellano tiene su morbo y la visita es obligada para los fanáticos de la lengua.

La sala de lectura del Museo Británico, en Londres

La British Library (la Biblioteca Nacional Británica) estuvo integrada dentro del edificio del Museo Británico hasta 1997. A pesar de que tanto el fondo documental como la institución en sí están hoy en día en un edificio nuevo en el barrio de St.Pancras, la antigua sala de lectura de la British Library aún se puede visitar como parte del Museo Británico. Y merece mucho la pena asomarse.

Es una sala impresionante y señorial, cubierta por una enorme cúpula y con paredes repletas de estanterías y archivos. Imaginar a Karl Marx, a Virginia Woolf o a Mark Twain deambulando por los pasillos y trabajando en los pupitres pone los pelos de punta. Si continuamos la visita hacia el museo y nos adentramos por las galerías de la exposición, encontraremos a tan solo unos metros de la entrada de la sala de lectura entre flashes y hordas de turistas la vitrina que exhibe la piedra Rosetta, cuya inscripción en griego, demótico y jeroglífico fue clave para poder descifrar la lengua jeroglífica. Todo un emblema lingüístico.

Circulus Latinus Matritensis

Grupos de intercambio lingüístico hay muchos. Son quedadas para hablar en otra lengua y resultan una buena manera de practicar idiomas y conocer gente. Están muy extendidas por medio mundo y es fácil encontrarlas en distintas ciudades, sobre todo en aquellas con cierta presencia internacional.

Lo que no es tan habitual es encontrar grupos de intercambio lingüístico… de latín. El Circulus Latinus Matritensis es una comunidad de entusiastas de las lenguas clásicas que se reúnen periódicamente los sábados en la Residencia de Estudiantes de Madrid para hablar en latín. El círculo existe desde 1997 y se puede seguir su andadura a través de su página web (enteramente en latín) y en su grupo de Facebook (o Prosopobiblio, como ellos lo llaman). Toda una experiencia lingüística para quien quiera comprobar que el latín no estaba muerto… solo estaba de parranda.  

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