La Navidad ha llegado a las calles… ¿y también a tu casa?

Puede que seas de esos que, a estas alturas del año, ya han decorado con motivos navideños hasta la escobilla del váter. De ser así, tienes mi permiso para saltarte las siguientes diez líneas del texto; si, por el contrario, aún no hay ni abeto presidiendo tu salón ni luces parpadeando con una cadencia capaz de provocar un episodio de epilepsia, es probable que necesites una inyección de espíritu navideño. No, no hace falta que vayas a un centro de salud. Lo tuyo se cura saliendo a la calle con ganas de convertir tu hogar en territorio christmas-friendly. Vamos, tú puedes.

Los mejores lugares en los que comprar todo lo que necesitas para dejar atrás tu faceta de grinch son los mercadillos navideños que cada invierno aparecen a lo largo y ancho de Europa. En ellos encontrarás desde aquella figurita del belén que el año pasado acabó viajando por el colón de tu perro hasta guirnaldas de purpurina, pasando por calcetines de lana XXXXXL en los que, en caso de que los Reyes estén generosos, cabe incluso ese todoterreno que llevas años pidiendo. Sí, la ilusión es lo último que se pierde.

Y si tanta compra te deja, además de exhausto, tan hambriento que miras tu mano pensando en lo deliciosa que estaría al horno, una buena merienda será una estupenda manera de reponer fuerzas. Si estás por Barcelona te recomiendo que te dirijas hacia Petritxol, una calle con más litros de chocolate por metro cuadrado que la fábrica de Willy Wonka.

Para acompañar esta exquisitez y hacer que tu placer se eleve a su máximo exponente, te sugiero algo tan ‘ligerito’ como unos churros, un croissant o un trozo de pastel. De este modo, no solo saciarás el hambre, sino que entrenarás tu estómago para las comidas familiares que están a punto de llegar y que, aventuro, no serán pocas ni frugales.

Tienes varias excusas para escapar de la ciudad

Al llegar el frío lo hace también la nieve y, con ella, el entusiasmo desmedido de su legión de amantes, que suelen dividirse en dos categorías: por un lado, están los que se pirran por disfrutarla desde el calor del hogar; y, en el extremo opuesto, aquellos que en cuanto ven caer los primeros copos corren a calzarse unos esquíes ansiosos por descender laderas heladas como si les persiguiera una manada de lobos hambrientos.

Independientemente del grupo al que pertenezcas, y si donde vives tienes menos posibilidades de ver nevar que de cruzarte con el Yeti, lo mejor que puedes hacer es coger el coche y, en un homenaje a Thelma y Louise, huir lejos. Para que me entiendas, te estoy proponiendo pasar el fin de semana en algún hotelito recóndito entre montañas nevadas. Algo así como el Overlook de la película ‘El resplandor’ pero sin padre enloquecido destrozando las puertas a hachazos.

Si vives en Cataluña y, además, tienes hijos, sobrinos o vecinos bajo tu tutela, otra buenísima idea para que os toque el aire será ir en busca del Tió. Espera, ¿no sabes de qué estoy hablando? Se trata de un tronco con ojos, encantadora sonrisa y barretina al que se alimenta durante días con un objetivo muy claro: lograr que acabe ‘evacuando’ dulces y otros obsequios. Sí, aquí los regalos no solo llegan del Lejano Oriente, también se cagan. Perdona por la brusquedad, pero necesitaba asegurarme de que quedaba claro el concepto.

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Fieles a la tradición, el día de Navidad las familias se reúnen alrededor de este personaje, le cantan y, en un acto de violencia un tanto gratuita, todos los allí presentes acaban atizando con un palo al Tió. Tras la paliza, más propia de una peli de Tarantino que de una entrañable estampa navideña, se produce el feliz desenlace: el problema de estreñimiento del tronquito acaba desapareciendo y nosotros tenemos una dulce recompensa.

¡Socorro! ¿Qué hago con los niños?

Si algo nos enseñó ‘Solo en casa’ es que un niño encerrado entre cuatro paredes puede ser más peligroso que Kim Jong-un al frente de una central nuclear, así que, para evitar males mayores, lo mejor es abrigarles como si fueras a llevarles de excursión al Reino de Hielo y salir a la calle en busca de acción.

Un clásico de estas fechas pasa por hacer una visita al Cartero Real, una actividad para la que habrá que armarse de paciencia. A las interminables colas, que dicen que pueden verse desde el espacio, habrá que sumar el nerviosismo de los niños, temerosos de derrumbarse ante la pregunta de: ‘¿Y tú? ¿Has sido bueno este año?’

Los cuentacuentos, el teatro, los espectáculos sobre hielo o las pistas de patinaje son otros de los must de estas fechas. ¿Y qué me dices de visitar algún Belén? Los hay de chocolate, de arena y, cómo no, hasta vivientes, como los muertos de esas pelis que nos dan tanto miedo.  

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¿Necesitas más ideas para que las agendas de tus hijos estén tan llenas como las de un ministro? Ahí va la definitiva: apúntales a algún curso en el que aprender a hacer canapés, turrones o el roscón de reyes y, además de tenerles entretenidos durante horas, acabarán convertidos en los perfectos esclavos. Si te lo montas bien, estas navidades solo tendrás que pisar la cocina para exigir más rapidez al chef.

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Lo primero que hago al llegar a la playa es buscar el punto más elevado al que huir en caso de tsunami. Soy así de previsora. Cuando no estoy buscando salidas de emergencia o comprando conservas para llenar la despensa del búnker, voy al cine, leo, duermo y finjo ser normal.