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Cómo sobrevivir al mayor drama posible: ponerse enfermo en vacaciones

¡Ha llegado el momento! Tantos meses soñando con apagar el despertador y no volver a encenderlo en varios días. Tantas semanas planificando, cuadrando la agenda, mandando mails, reorganizando fechas de entrega y todo para poder disfrutar de, atención, cinco días de descanso. ¡Cinco largos y maravillosos días! ¡Bien! Unas merecidas vacaciones sin teléfono, sin ordenador y sin nadie que te meta prisa. ¿Hay alguna sensación mejor, más liberadora? ¡Ni de coña!

Pero, oh, ¿qué está pasando? ¿Qué son estos mocos? ¿Y esta tos? ¿Por qué me duele la cabeza justo la tarde antes de abandonar la oficina? ¿Qué demonios está pasando? Parece que, una vez más, ha ocurrido lo inevitable: me he puesto enfermo antes de comenzar las vacaciones. Maldición.

‘¿Por qué yo? ¿¡Por qué yo!? ¿Tan malo he sido? ¿Tanto merecía este castigo? ¿Acaso no ha sido suficiente penitencia haber pasado el verano entero viendo las vacaciones de todo el mundo en instagram?’. Rebuscas en el cajón cualquier resto de antigripal, cualquier jarabe que pueda acabar con los virus antes de que se acomoden. Niegas con la cabeza, lanzas las manos al cielo, lloras, sí, lloras, pero sabes que no va a servir para nada. El mal ya está hecho. Tu cuerpo ha sucumbido al resfriado y no puedes hacer nada para evitarlo. ¡Yo te maldigo, paracetamol! Con la nariz enrojecida y el bolsillo repleto de pañuelos de papel, recoges tus cosas y te despides de tus compañeros. ‘Bueno -¡achís!- me voy de vacaciones -¡achís!- nos vemos la semana que viene -¡cof, cof!-‘, dices con la mirada baja y cara de circunstancias. Empieza el ansiado descanso. Chupi…

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Fase 1: ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

La desesperación. Así comienzan todas las rupturas. También la tuya con tus vacaciones. ‘No eres tú, soy yo’, ‘estamos en momentos diferentes’, ‘buscamos cosas distintas’, ‘con ese catarro hazte a la idea de que no vas a salir de casa en lo que queda de semana’. Tanto tiempo esperándolas y ahora, esto. ¡Esto! Te encierras en casa, mandas whatsapps lastimeros a todos tus amigos, actualizas tus redes sociales con caritas de pena y esperas que alguien se ofrezca a ir a consolarte y, de paso, traerte un tupper con caldo de pollo. ‘Cuídate mucho’. ¿Cómo que cuídate mucho? ¿Pero qué broma es ésta? ¿Nadie va a rasgarse las vestiduras? ¡Un poco de empatía, por favor! Un minuto de silencio por tus cinco días libres que ya nunca van a volver… ‘Lo llego a saber y no me cojo vacaciones’. Ay, alma de cántaro, como si eso pudieses planificarlo.

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Fase 2: ¡Este resfriado no me representa!

‘¿Acatarrado? Qué va, esto debe ser que he cogido algo de fresco. O una alergia de esas que aparecen cuando menos te lo esperas. ¡Yo nunca me pongo enfermo!’. Tu cuerpo podrá decir lo que quiera pero tú no vas a renunciar a tus vacaciones por un quítame de aquí estos mocos. Una ducha bien caliente, ropa de abrigo, bufanda, guantes, gorro, ‘¿hay baterías portátiles para la manta eléctrica?’. Con la cabeza bien alta y un alijo de pañuelos, te lanzas a la calle dispuesto a no renunciar a ninguno de tus ansiados planes. Te sientas en una terraza a tomarte el vermut. ‘Uy, qué frío, mejor me meto en algún sitio’. ‘¿Por qué ponen la calefacción tan alta en los establecimientos?’. ‘Señor, está sudando y tiene mala cara. ¡Calle, calle! Mala cara yo…’. Tres cuartos de hora después, vuelves a estar en casa con los pies congelados y suplicando un chupito de jarabe. Codeína en vena, ¡marchando! La temible verdad se cierne sobre ti.

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Fase 3: Sofá, manta, mucha agua y toneladas de resignación

Con la moral por los suelos, decides rendirte. De acuerdo, has ganado, maldito resfriado. Pero, ojo, ¡me las pagarás! Te encasquetas el pijama de felpa, el albornoz y esos patucos que te tejió tu abuela hace treinta y cinco años y te dispones a hibernar cual oso de los montes. Conquistas el sofá y te construyes un fuerte de mantas y almohadas. ¡Qué gusto! ¡Qué calentito! ‘Descansa y bebe mucha agua’, te dice tu madre al otro lado del teléfono. ‘¿Agua? ¿No puede ser un poco de cerveza?’. Revisas el correo -total, ya puestos a quedarse en casa-, respondes cuatro mails que tenías pendientes, tratas de redactar ese informe que te habían pedido -¿es la fiebre o el portátil acaba de cobrar vida ahora mismo delante de mis ojos?-, desistes y vuelves a enterrarte debajo de las mantas. Te pones el cd de Adele a todo volumen y lloras. Estás enfermo, sí, asúmelo. Hay cosas peores en esta vida, aunque perder tus únicos días de vacaciones del año moqueando tampoco es un placer que digamos… Pero sí, hay cosas peores… ¿Verdad? ¿VERDAD?

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Fase 4: Todo acaba el lunes

Y, entonces, como si fuese un milagro, comienzas a recuperarte. Se acabó la tos, desapareció la congestión nasal y, por fin, respiras bien. Ya no hay escalofríos ni temblores, ni dolor de cabeza, ni se te resienten las articulaciones. Despiertas con fuerzas renovadas, con ganas de conquistar el mundo, de saltar y gritar, de bailar ‘La bicicleta’ como si fueses la mismísima Shakira. ¡Aleluya! Pero, ¿qué ha pasado? ¿Cómo ha podido obrarse esta proeza? ¿Medicamentos? ¿Reposo? ¿Cantidades industriales de vitamina C? Nada de eso, queridos houdinis, nada de eso. La respuesta es más evidente de lo que parece. Todos los catarros terminan en lunes. Sobre todo, si es laborable. Triste pero real. Y sí, eso que suena es el despertador. ¡Venga, holgazanes, a la oficina!

Uno de los chinos japoneses que inventó la confusión

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