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Comer solo. Manual para compartir la comida en la mejor compañía posible: la tuya

'Mesa para uno, por favor'. Y, de repente, todas las miradas del restaurante se dirigen hacia ti. O eso, al menos, es lo que tú crees. Comer solo no es sencillo. Requiere valor, grandes dosis de confianza y quitarse de encima los prejuicios.Eso sí, pasado ese primer momento de incomodidad, puede terminar convirtiéndose en la mejor experiencia de nuestra vida.

Lo reconozco. Soy de los que sienten que ir a un bar, restaurante, cafetería, lo que sea, sin compañía es una locura. ‘Para no hablar con nadie me quedo en casa’. No le veo el sentido a remover la cucharita del café mirando al tendido o toquetear el móvil sin finalidad alguna para simular ocupación. Me siento incómodo, observado, deseoso de apurar mi consumición y escabullirme a la ruidosa ciudad, reconfortado por la marabunta de gente y sus conversaciones a gritos. ¡Qué tranquilidad! Dramas del primer mundo. Lo sé. Y por eso decidí enfrentarme a mis miedos. ¡A Dios pongo por testigo que voy a ir a comer solo! Lo que no esperaba era que, al final, iba a terminar cogiéndole el gustillo… ¡Maldición!

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Hoy como solo. ¿Seguro? Sí, seguro

Un restaurante abarrotado, una mesa con un único set de cubiertos y yo. ¡Madre mía! Pensé en llevarme un libro, comprarme una revista, algo con lo que poder entretenerme mientras pasaba el mal trago. Pero no, nada de eso, ¡hombre ya! ¿Qué somos, tiburones o gallinas? ¡Gallinas! Ah, no, tiburones, tiburones… Me recibió un atento camarero al que no le extrañó que pidiese mesa para uno. Tampoco era el único del local que iba a hacerlo -¿pero esta gente no tiene casa? ¿no sabe utilizar la vitrocerámica? ¿qué les pasa?-. Me acompañó hasta una fila de mesas pequeñas, con su mantel y sus dos sillitas. ‘El rincón de los solitarios’, pensé. Retiró uno de los platos y me acomodé dándole la espalda a la pared. Nada de ocultarse. Ya no tenía escapatoria.

En mis peores pesadillas imaginaba un lento y angustioso letargo. Minutos interminables entre plato y plato, risas de los camareros al servir a ‘ese pobre desgraciado sin amigos’ y golpes de ansiedad en el pecho. ¡Con lo bien que estaría en mi casa! Pero la realidad, claro, no iba por ahí. En su lugar, me encontré una experiencia altamente placentera. Saboreé la comida como muy pocas veces había conseguido. No tenía distracciones, no debía mantener conversaciones, ni siquiera tenía la televisión delante para que me hiciese compañía. Tampoco tenía prisa, ni una página abierta en el portátil esperando ser rellenada. Tan solo estábamos el plato y yo, mirándonos cara a cara. Sin intermediarios. El actor de comer en estado puro. ¿Por qué no lo había hecho antes? Ah, sí, por un absurdo miedo social. ¡Basta de prejuicios!

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El paraíso de la mesa para uno

Nada de charlas insulsas, ni de paripés, ni de ‘¿quieres postre? No, mejor no, que ya he comido bastante’. ¡Claro que quieres postre! Uno con nata montada, chocolate y virutas, si puede ser. Aquí hemos venido a celebrar. Compartir una hora con la mejor compañía posible: la tuya. No nos damos cuenta de las presiones sociales que asumimos sin rechistar hasta que les plantamos cara. Los ritmos frenéticos del día a día, la rutina laboral, los compromisos que nunca conseguimos quitarnos de delante nos obligan a llevar un ritmo frenético. No nos escuchamos. No descansamos. Ni siquiera somos capaces de dormir bien -¿Habrá llegado el informe ese? ¿Tendré que mandarlo a primera hora? Casi que me voy a levantar y lo hago ya-. ¡Así no se puede vivir!

En la mesa de uno somos los reyes. Marcamos el ritmo, nos tomamos tiempo y nos hacemos caso. Este es nuestro territorio y no va a venir nadie a arrebatárnoslo. ¡Qué placer! ¿Cómo es posible que no seamos capaces de frenar unos pocos minutos al día para algo tan sencillo como comer? Sacar un libro -esto ya para los profesionales de las citas con uno mismo- y entregarse a la lectura. ‘¿Un café? ¡Por supuesto!’. Levantar la vista y deleitarse en el paisaje. Dejar volar la imaginación e improvisar las conversaciones de las otras mesas. Sentirse arropado por los que también comen solo. La hermandad del cubierto único. ¡Venid, hermanos, sentémonos y comamos solos! ¡Brindemos por el silencio y las cervezas frías!

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‘No te molestes, ya pago yo’

Pagar lo que has comido. Sin dividir, sin ‘a cuántos salimos’, sin el que se empeña siempre en recanear un euro porque su plato era más barato que el tuyo. ¡Come y deja comer! Recoges el cambio, te pones el abrigo y le lanzas una mirada cómplice a aquellos con los que has compartido experiencia. ‘¿Ha encontrado todo bien? De maravilla’. Sí, así se vencen los prejuicios. Aunque parezcan tan intrascendentes como estos. ‘¿Con quién has comido hoy? Con nadie. Habérmelo dicho y te hubiese acompañado. No hacía falta. Si no me cuesta nada. Es que prefiero comer solo. Uy, qué raro eres’. No lo sabes tú bien.

Uno de los chinos japoneses que inventó la confusión

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